La historia de amor enterrada en el cementerio más pequeño del mundo

En los bosques de Bausén, uno de esos pueblos de cuento de hadas del Valle de Arán, a un paso de la frontera con Francia, se levanta el que tal vez sea el cementerio más pequeño del mundo, el que desde hace 110 años acoge la solitaria tumba de Teresa, su única moradora, en torno a la cual crece un relato que parece de leyenda y que sus 78 vecinos se saben de memoria. Estos días en que el mundo terrenal busca acercarse al de las ánimas, el sepulcro donde Teresa yace sola frente a la eternidad vuelve a despertar la fascinante historia que lo hizo posible. ¿Misterio? ¿Fantasía? Nada más lejos de lo sobrenatural.

Teresa, que se sepa, es la única difunta con cementerio propio. Lo construyeron sus vecinos expresamente para ella la madrugada que siguió a la noche en que una neumonía se la llevó de este mundo a los 33 años, el 10 de mayo de 1916, en un memorable gesto de solidaridad. Pero, ¿qué secreto guarda este camposanto que parece sacado de esa rima de Bécquer en la que los muertos se quedan tan solos?

Hay que remontarse a los albores del siglo XX, cuando una adolescente Teresa se enamoró de su primo Francisco (Sisco). La pareja quiso casarse por la Iglesia, como mandaban los rigurosos cánones de la época, pero sus lazos familiares exigían una dispensa canónica que costaba un dinero que los jóvenes, de origen humilde, no tenían. Ni la estrechez económica ni las convenciones sociales lograron doblegar los sentimientos de los dos enamorados, que fundaron su hogar y tuvieron dos hijos, Cándido y Valerosa, ¡fuera del matrimonio religioso! A ojos de la Iglesia y de la moral católica, con el cura de Bausén al frente, la pareja vivía en pecado. En el pueblo, sin embargo, no había lugar para el escándalo. Eran sencillamente Teresa y Sisco, unos padres más.

Se sabe que, pese a las dificultades, los dos encontraron la felicidad en un hogar sencillo junto con sus hijos hasta que Teresa falleció. El mismo cura que se negó a casarlos se negó también a enterrar el cuerpo de una ‘pecadora’ en tierra sagrada, impidiendo que fuera inhumada en el cementerio parroquial, el único de Bausén. Como recuerda Nieves Concostrina, la periodista que mejor ha sabido contar a los muertos, «a falta de recintos civiles, a los fallecidos ‘en pecado’, madres solteras, suicidas, prostitutas, incluso masones, les aguardaba poco más que una fosa en mitad del monte».

Así que esa misma noche los vecinos se conjuraron para dar a Teresa la dignidad de su última morada. En un silencioso cortejo llevaron su cuerpo envuelto en una sábana blanca, y en un claro del bosque, no muy lejos de la aldea pero lo suficientemente apartada como para pasar inadvertida, cavaron su sepultura y levantaron un pequeño cementerio civil, con su cercado de piedras, su cancela enrejada y su árbol para dar sombra a una lápida en la que aún se puede leer la dedicatoria (con una pequeña errata) de Sisco («Rercuerdo a mi amada Teresa»), y otra de sus hijos («A nuestra querida madre»). El viudo y los niños, por cierto, se exiliaron en Francia en la Guerra Civil, donde hoy viven sus descendientes.

Helechos silvestres y la hojarasca otoñal arropan esta romántica tumba, parada obligada para muchos senderistas que hacen rutas por el bosque de Carlac y su hayedo milenario. Otro recorrido lleno de magia. Hay quien descubre la historia de Teresa cuando se topa con el sepulcro. «Ahora la tumba ya es más conocida, pero hace unos años no lo era tanto», cuenta Nieves Concostrina, que recuerda una anécdota en este sentido. La periodista coincidió en 2014 en un programa de RNE con Pau Donés, que tenía una casa en el Valle de Arán, muy cerca de Bausén, y cuando contó en la radio el relato de Teresa, el vocalista de Jarabe de Palo se sorprendió. «¡Pero si yo vivo allí y no conozco ese cementerio!». Donés, que falleció en 2020, no tardó en visitar el lugar.

En el Valle de Arán a Teresa y Sisco se los conoce como ‘los amantes de Bausén’ y sobre la lápida de Teresa nunca faltan flores. Dicen que si uno se acerca hasta allí, puede sentir el latido del amor eterno.

El fraile de los 25.000 difuntos

«A mí el cementerio de noche me da pánico. Yo solo no voy y si tengo que ir… ¡voy con miedo!». Lo confiesa Hermenegildo García Oliva, fray Hermenegildo, que lleva 60 de sus 81 años enterrando muertos (calcula que más de 25.000 «y creo que me quedo corto») y acompañando a las familias de los difuntos en el último adiós.

Fray Hermenegildo es el superior de los Hermanos Fossores de la Misericordia (fossor proviene del latín y se podría traducir como ‘el que cava’ y, por extensión, ‘sepulturero’), una minúscula congregación religiosa fundada en 1953 con un único propósito: cuidar los camposantos (de hecho allí viven) y enterrar a los difuntos. Cuando él dejó un buen trabajo en Correos en su Huelva natal para ingresar en la Orden en 1967, eran 28 hermanos en toda España. Hoy solo quedan seis fossores: tres en Guadix, donde ora et labora fray Hermenegildo tras haber superado seis ictus; y otros tres en Logroño, uno de ellos, Sergio, nicaragüense de 48 años, como novicio. No hay más fossores. «Si ya de por sí las vocaciones escasean, imagina lo que cuesta encontrar a alguien dispuesto a trabajar con la clientela que tenemos», suelta con retranca Hermenegildo. Y añade: «Entregar tu vida al cementerio y a los difuntos es poco gratificante… humanamente, claro».

Fuente: lapatilla

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