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  • Estados Unidos afirma que bloqueo a Irán frena exportaciones por 25 mil millones

    Estados Unidos afirma que bloqueo a Irán frena exportaciones por 25 mil millones

    El Mando Central de EE.UU. sostiene que el bloqueo naval a Irán impide la exportación de petróleo y limita la financiación de actividades terroristas por parte de la Guardia Revolucionaria. La tensión en el estrecho de Ormuz se intensifica

    La situación en el estrecho de Ormuz, un punto clave para el comercio petrolero mundial, se complica aún más. El Ejército de Estados Unidos ha declarado que el bloqueo naval impuesto a los puertos de Irán hace cien días ha impedido al país exportar petróleo por un valor de al menos 25.000 millones de dólares (aproximadamente 22.120 millones de euros). Esta medida, según el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM), «limita» la capacidad de la Guardia Revolucionaria para «financiar el terrorismo».

    El CENTCOM enfatizó que el bloqueo naval ha sido crucial para evitar que Irán venda petróleo crudo, lo que ha restringido su capacidad para sostener milicias subsidiarias y actividades criminales. «No se han registrado exportaciones hacia Irán ni importaciones desde este país por vía marítima, a excepción de la ayuda humanitaria que las fuerzas estadounidenses han permitido», comunicó el CENTCOM a través de sus redes sociales.

    Este bloqueo se instauró hace más de tres meses, en medio de un alto el fuego acordado en abril, que buscaba abrir un canal de negociaciones para resolver el conflicto que se intensificó en febrero por la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán.

    En respuesta, Irán ha cerrado el estrecho de Ormuz, advirtiendo que el cruce solo es seguro a través de las rutas autorizadas por sus Fuerzas Armadas. Por su parte, Estados Unidos asegura que no hay un bloqueo real en Ormuz, ya que controla militarmente el estrecho, aunque su presencia se limita a la parte exterior de este paso estratégico

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  • VOLVER CON LA FRENTE EN ALTO Y NO MARCHITA. Por Ariel Montoya

    VOLVER CON LA FRENTE EN ALTO Y NO MARCHITA. Por Ariel Montoya

    «Volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada». Carlos Gardel, el argentino más grande en la historia del tango, lo cantó en 1934, con letra de Alfredo Le Pera. Ahora nosotros estamos viviendo nuestro “volver”, pues estamos fuera de nuestro país contra nuestra voluntad y a causa de un régimen que no respeta los derechos humanos, cívicos ni políticos de la disidencia.

    Hace unos días vi la entrevista que Álvaro Navarro, del medio nicaragüense Artículo 66, le hizo a Harry Valle, un abogado de Matagalpa. Según tengo entendido, este ha expresado públicamente su deseo de volver a su pueblo, a su casa, a sus calles, a comerse un plato de gallo pinto con cuajada y tortilla, acompañado de un pocillo de café o un vaso de pinol.

    Todos queremos volver. Pero también queremos que haya alternancia. En 2027 se cumplirán veinte años del régimen actual. ¡Claro que veinte años es mucho!

    No conozco personalmente a Harry Valle y, aunque señalan que fue miembro o simpatizante del régimen, ese no es el motivo de esta columna. Ni me interesa saberlo ni lo estoy cuestionando. A fin de cuentas, para tirios y troyanos la represión de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha sido letal y salvaje.

    Entiendo que el mismo régimen lo acusó, giró una orden de captura en su contra y le cerró la frontera por supuestos ciberdelitos. Ahora él, desde el exilio, dice lo que tantos decimos: «Quiero volver». No es una frase política, sino humana. Otros, aunque no lo digan, llevan en el alma y en sus entrañas ese mismo deseo. Su posición me hizo reflexionar desde mis propios huesos y médula, porque yo también quiero volver.

    Y volver no es tomar un avión o un bus. Es enfrentarse a la vieja calle, donde el eco repite una canción de amor, fuga, familia, amigos y pérdida. Es el temor de que el pasado vuelva a cruzarse con la propia vida.

    La entrevista de Álvaro Navarro —él mismo despojado de su nacionalidad por pensar distinto y condenado a la muerte civil junto con otros 93 nicaragüenses— se convierte en un espejo. Entrevistado y entrevistador evocaron el mismo verbo: volver.
    Gardel cantó el regreso con la frente marchita. Nosotros no podemos permitirnos que el exilio nos marchite.

    El exilio nicaragüense nos ha plateado la sien, sí, pero también nos ha limpiado la mirada. Hemos visto cómo hasta los leales se vuelven desechables y cómo la justicia se enciende y se apaga según convenga.

    Y no es solo Nicaragua. También lo reconocen quienes salieron de Cuba y de otros países de Latinoamérica por la persecución y la falta de libertad impuesta por regímenes castrochavistas.

    Volver marchitos sería volver pidiendo permiso. Volver con rencor sería repetir el ciclo de la intransigencia. No. Se trata de volver con la frente en alto, porque nadie puede arrebatarle la nacionalidad a un ciudadano ni volverlo forastero por venganza y despotismo.

    Volver no porque veinte años no sean nada, sino porque veinte años lo son todo. Son una vida: la que les han quitado a quienes viven fuera y la que les quitaron a quienes se quedaron adentro. Soterrados y silenciados.

    Volver con la frente en alto significa volver a una Nicaragua donde el abogado de Matagalpa pueda defender a quien quiera sin que un fiscal lo persiga; donde el periodista pueda informar sin ser desnacionalizado; donde la diáspora pueda regresar sin que la reciba la misma prisión en la que torturaron a muchos.

    Y significa también aspirar a una América Latina donde ningún exiliado tenga que renunciar a su identidad para sobrevivir; donde cubanos, nicaragüenses y otros pueblos separados de su tierra puedan imaginar un regreso con derechos, igualdad de oportunidades y dignidad.

    Regresar, y hacerlo con un proyecto de República, con memoria, pero sin venganza. Con justicia, pero sin destierro. Y lo más importante, sin pedirle permiso a nadie, menos aún a quienes desnacionalizaron y obligaron a emigrar.

    Porque volver, al final, no es regresar a un lugar, sino regresar a la identidad que marcó el punto de partida y a la Nicaragua libre, hermosa y valiente que pronto habrá de ser de todos: con la frente en alto y no marchita.

    El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista Internacional y Director Fundador de revista Decenio